POLÍTICA Y ECONOMÍA

El último relevamiento nacional de Consultora Delfos ratifica que crecen las dificultades económicas y el endeudamiento de los cordobeses, y que –como novedad- se advierte que ambos fenómenos comienzan a retroalimentarse. Es decir, los ingresos ya no alcanzan para sostener el consumo y el crédito aparece como mecanismo para cubrir esa diferencia. Pero ese mismo endeudamiento compromete los ingresos futuros, consolidando un círculo de creciente fragilidad económica.

En términos concretos, Córdoba muestra una sociedad que todavía mantiene niveles importantes de actividad y consumo, pero que lo hace cada vez con menos respaldo de sus ingresos y mayor dependencia del financiamiento.

Dicha combinación instala un clima social dominado por la incertidumbre, donde la preocupación cotidiana vuelve a concentrarse en la economía del hogar, el verdadero «metro cuadrado» desde el cual los cordobeses interpretan el presente y evalúan el futuro.

Te contamos los 10 principales hallazgos del estudio que justifican esta lectura.

  1. La crisis deja de ser coyuntural y pasa a ser estructural

Los datos muestran que la economía doméstica dejó de estar atravesada por dificultades transitorias para convertirse en una condición permanente de la vida cotidiana. Apenas un 7,8% manifiesta poder ahorrar, mientras que más del 90% reconoce que llega con lo justo o directamente no llega a cubrir sus gastos mensuales. 

Más importante aún es que el crecimiento ya no se produce entre quienes «llegan con lo justo», sino entre quienes directamente afirman que sus ingresos no alcanzan. Es decir, el deterioro no sólo se amplía, sino que además se profundiza.

  1. El «metro cuadrado» vuelve a convertirse en el principal ordenador de las preocupaciones sociales

La información confirma una tendencia que Delfos viene registrando desde hace varios años: cuando la economía del hogar entra en tensión, toda la agenda pública comienza a interpretarse desde esa experiencia cotidiana.

El «metro cuadrado» vuelve a ocupar el centro de la escena. La discusión económica deja de girar alrededor de variables macroeconómicas (inflación, riesgo país, déficit o dólar) y se traslada nuevamente al presupuesto familiar, donde las personas evalúan diariamente si llegan o no a fin de mes.

En otras palabras, la economía deja de medirse por indicadores nacionales y vuelve a medirse por la heladera.

  1. El consumo deja de expandirse para comenzar a financiarse

Uno de los cambios más significativos aparece en la composición del endeudamiento. Los compromisos con tarjetas de crédito aumentan más de seis puntos respecto de dos años atrás y pasan a consolidarse como el principal acreedor de las familias, desplazando incluso obligaciones históricas como impuestos o servicios. 

Este cambio tiene una enorme relevancia cualitativa. Ya no se trata principalmente de familias que se endeudan por incumplimientos tributarios o servicios públicos. Ahora el crédito comienza a utilizarse para sostener consumos corrientes.

En términos sociales significa que la deuda deja de financiar inversiones o bienes durables y comienza a financiar la vida cotidiana.

  1. Aparece una economía sostenida por crédito ¿sin respaldo?

Los datos sugieren que una parte creciente del consumo ya no se sostiene con ingresos sino con capacidad de financiamiento. Es una diferencia importante.

Mientras el ingreso explica el presente, el crédito podría comienza a hipotecar el consumo futuro. En consecuencia, el problema económico deja de resolverse cuando mejora un salario, porque parte de ese eventual aumento deberá destinarse primero a cancelar deudas acumuladas.

  1. La clase media deja de sentirse protegida

Si bien los sectores bajos siguen siendo quienes presentan la situación más crítica —con seis de cada diez personas que afirman que sus ingresos no alcanzan— el dato novedoso es que el deterioro atraviesa claramente a la clase media. Esto modifica el clima social.

Cuando la vulnerabilidad deja de ser patrimonio exclusivo de los sectores populares y alcanza a segmentos históricamente más estables, aumenta la percepción de incertidumbre colectiva.

La sensación predominante deja de ser la pobreza y comienza a ser la pérdida de seguridad económica.

  1. Los jubilados aparecen como el grupo más frágil

Los mayores de 65 años muestran el mayor deterioro de toda la serie. La mitad de este segmento (que además en un 90 por ciento son jubilados provinciales o nacionales) afirma que directamente no llega a cubrir sus gastos mensuales y apenas un 4% declara poder ahorrar. 

Este segmento reúne dos características particularmente sensibles ya que se trata de cordobeses con ingresos relativamente fijos, y escasa capacidad para recomponerlos. Eso convierte cualquier aumento de precios o reducción del poder adquisitivo en un deterioro prácticamente irreversible.

  1. El endeudamiento cambia de perfil generacional

Aunque los jubilados presentan la mayor fragilidad en ingresos, el mayor nivel de endeudamiento aparece entre quienes tienen entre 30 y 49 años. Casi la mitad de este segmento declara tener deudas. 

No parece tratarse de una contradicción. Por el contrario, describe dos fenómenos distintos. Mientras los adultos mayores reducen consumos porque ya no pueden financiarlos los adultos económicamente activos utilizan crédito para sostener el nivel de vida de sus hogares. 

Es decir, unos ajustan consumo y otros postergan el ajuste mediante endeudamiento.

  1. Capital expresa con mayor intensidad el desgaste económico

Los datos muestran que tanto las dificultades para llegar a fin de mes como el endeudamiento son superiores en la ciudad de Córdoba respecto del interior provincial. 

Esto podría estar reflejando un costo de vida más elevado, mayor dependencia del empleo formal y un uso más extendido del crédito como mecanismo de financiamiento cotidiano.

En consecuencia, la Capital funciona como un territorio donde las tensiones económicas aparecen antes y con mayor intensidad.

  1. La sociedad comienza a administrar restricciones más que expectativas

Durante buena parte de los últimos años la preocupación dominante era cuánto podía mejorar la situación económica.

Hoy los datos muestran otra lógica. Las familias ya no organizan proyectos de crecimiento. Organizan prioridades. Administran gastos. Postergan consumos. Reordenan pagos. El horizonte temporal se acorta y la planificación comienza a concentrarse en llegar al próximo mes.

  1. El clima económico favorece una mayor sensibilidad política

Cuando más de nueve de cada 10 hogares sienten restricciones económicas, la evaluación de la realidad deja de construirse desde indicadores abstractos y pasa a depender de experiencias personales.

En estos contextos, cualquier mejora concreta sobre ingresos, crédito, empleo o reducción del costo de vida puede tener un impacto político mucho más significativo que anuncios vinculados exclusivamente con variables macroeconómicas.

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