POLÍTICA
Luis Dall' Aglio
Director
La aprobación del
gobierno de Javier Milei vuelve a caer fuerte en el mes de marzo, lo que
comienza a marcar un cambio de clima como producto del cansancio que vive la
sociedad tras un largo período de sacrificio esperando resultados concretos en
la economía doméstica de las familias argentinas.
En este sentido, el
dato estructurante del escenario es que no estamos ante un tropiezo
coyuntural, sino ante un cambio de clima político. Durante los primeros
meses, el oficialismo logró articular una legitimidad basada en la expectativa:
el ajuste era tolerado en función de una promesa futura.
Hoy esa ecuación se
rompe. La sociedad empieza a evaluar en presente, no en futuro. Y cuando eso
ocurre, el gobierno pierde su principal activo: la capacidad de representar una
salida. Y lo que es peor, de darle sentido al cambio que voto en 2023.
Se configura así un
pasaje claro que va desde la esperanza proyectiva a la evaluación material
inmediata. Ese cambio es el punto de inflexión más relevante del proceso
político actual.
Ruptura de la
cadena de legitimidades
Lo que muestran los
datos no es un deterioro aislado, sino una crisis sistémica de legitimación,
donde varios soportes del gobierno se erosionan simultáneamente:
- Legitimidad económica: el ajuste deja de ser tolerado porque no se percibe mejora en la
vida cotidiana.
- Legitimidad de resultados: la estabilización pierde credibilidad como horizonte cercano.
- Legitimidad estadística: crece la desconfianza en los datos oficiales (INDEC).
- Legitimidad moral: la corrupción emerge como problema central, erosionando el
diferencial ético del gobierno.
Es decir, este modelo
político parado como el parámetro moral de la casta política, que venía a
destruir la inflación, con una comunicación personal basada en la genuidad
(dice lo que piensa, hace lo que dice) y en la credibilidad, se erosiona y
pierde capacidad de legitimación.
Este punto es clave
porque cuando se rompen varios eslabones de esa cadena de legitimidad, la
crisis deja de ser sectorial y pasa a ser integral.
La centralidad
de la vida cotidiana
Por otra parte, el
corazón del problema ya no está en la macroeconomía, sino en la economía
doméstica. La sociedad no discute conceptos abstractos (déficit, emisión,
equilibrio fiscal), sino experiencias concretas vinculado a ingresos que no
alcanzan, deterioro del poder adquisitivo, incertidumbre laboral, caída del
consumo básico, deterioro de la protección social (salud, educación, etc.),
entre otros aspectos.
Esto produce un
desplazamiento político muy relevante: el gobierno puede ordenar variables
macro, pero si eso no baja al bolsillo, pierde sentido social. En
términos políticos, esto implica que el oficialismo deja de tener el monopolio
del “orden” y empieza a ser evaluado por su capacidad de resolver lo cotidiano.
La inflación:
de activo político a problema de credibilidad
La inflación había
sido el principal activo narrativo del gobierno. Hoy ese activo entra en zona
de ambigüedad. Se produce un fenómeno crítico porque, aunque los indicadores
puedan mostrar desaceleración, la
experiencia social de precios no convalida ese relato.
Cuando esto ocurre, el
problema deja de ser económico y pasa a ser político: ya no se discute cuánto
es la inflación, sino si el gobierno
dice la verdad. Esto marca el pasaje de una discusión técnica a una crisis de credibilidad. Y ahí el
gobierno pierde otro de sus pilares discursivos más sólidos.
La dimensión
moral: el riesgo más profundo
El otro eje crítico es
la aparición de la corrupción como problema relevante. Esto es particularmente
sensible porque Milei construyó su identidad sobre una superioridad moral frente a la “casta” y ese atributo empezó a
erosionarse con los casos Libra, Adornis, Spert, etc.
Cuando un gobierno
antisistema pierde su diferencial ético deja de ser “distinto” y pasa a ser
evaluado como cualquier otro. Este es probablemente el riesgo más estructural,
porque no afecta solo la gestión, sino la
identidad política del proyecto.
Nueva etapa
política: fin del crédito, inicio del juicio
Todo esto configura un
cambio de etapa. Se termina la fase de crédito
social y comienza la fase de evaluación
política plena. El propio pasado del gobierno comienza a competir con los
“otros pasados” que antes lo justificaban y le daban sentido. Es decir, el
propio pasado también condena al gobierno.
No obstante, el
oficialismo aún conserva un núcleo competitivo, pero ya no ordena mayorías con
la promesa y empieza a enfrentar un clima de desilusión incipiente. Y hay un dato clave del proceso: la
desilusión, cuando se acumula, se vuelve organizadora del comportamiento
político
Así, la política
argentina entra en una fase donde el oficialismo deja de ser evaluado como
promesa disruptiva y pasa a ser medido como gestión concreta. La ruptura de la
cadena de legitimidades no implica necesariamente un colapso inmediato, pero sí
marca un cambio profundo: el gobierno ya no se sostiene por lo que promete,
sino por lo que logra demostrar en la vida cotidiana.
Y en ese terreno, hoy,
es donde empieza a jugarse su verdadera estabilidad política.