POLÍTICA

La aprobación del gobierno de Javier Milei vuelve a caer fuerte en el mes de marzo, lo que comienza a marcar un cambio de clima como producto del cansancio que vive la sociedad tras un largo período de sacrificio esperando resultados concretos en la economía doméstica de las familias argentinas.

En este sentido, el dato estructurante del escenario es que no estamos ante un tropiezo coyuntural, sino ante un cambio de clima político. Durante los primeros meses, el oficialismo logró articular una legitimidad basada en la expectativa: el ajuste era tolerado en función de una promesa futura.

Hoy esa ecuación se rompe. La sociedad empieza a evaluar en presente, no en futuro. Y cuando eso ocurre, el gobierno pierde su principal activo: la capacidad de representar una salida. Y lo que es peor, de darle sentido al cambio que voto en 2023.

Se configura así un pasaje claro que va desde la esperanza proyectiva a la evaluación material inmediata. Ese cambio es el punto de inflexión más relevante del proceso político actual.

Ruptura de la cadena de legitimidades

Lo que muestran los datos no es un deterioro aislado, sino una crisis sistémica de legitimación, donde varios soportes del gobierno se erosionan simultáneamente:

  • Legitimidad económica: el ajuste deja de ser tolerado porque no se percibe mejora en la vida cotidiana.
  • Legitimidad de resultados: la estabilización pierde credibilidad como horizonte cercano.
  • Legitimidad estadística: crece la desconfianza en los datos oficiales (INDEC).
  • Legitimidad moral: la corrupción emerge como problema central, erosionando el diferencial ético del gobierno.

Es decir, este modelo político parado como el parámetro moral de la casta política, que venía a destruir la inflación, con una comunicación personal basada en la genuidad (dice lo que piensa, hace lo que dice) y en la credibilidad, se erosiona y pierde capacidad de legitimación.

Este punto es clave porque cuando se rompen varios eslabones de esa cadena de legitimidad, la crisis deja de ser sectorial y pasa a ser integral.

La centralidad de la vida cotidiana

Por otra parte, el corazón del problema ya no está en la macroeconomía, sino en la economía doméstica. La sociedad no discute conceptos abstractos (déficit, emisión, equilibrio fiscal), sino experiencias concretas vinculado a ingresos que no alcanzan, deterioro del poder adquisitivo, incertidumbre laboral, caída del consumo básico, deterioro de la protección social (salud, educación, etc.), entre otros aspectos.

Esto produce un desplazamiento político muy relevante: el gobierno puede ordenar variables macro, pero si eso no baja al bolsillo, pierde sentido social. En términos políticos, esto implica que el oficialismo deja de tener el monopolio del “orden” y empieza a ser evaluado por su capacidad de resolver lo cotidiano.

La inflación: de activo político a problema de credibilidad

La inflación había sido el principal activo narrativo del gobierno. Hoy ese activo entra en zona de ambigüedad. Se produce un fenómeno crítico porque, aunque los indicadores puedan mostrar desaceleración, la experiencia social de precios no convalida ese relato.

Cuando esto ocurre, el problema deja de ser económico y pasa a ser político: ya no se discute cuánto es la inflación, sino si el gobierno dice la verdad. Esto marca el pasaje de una discusión técnica a una crisis de credibilidad. Y ahí el gobierno pierde otro de sus pilares discursivos más sólidos.

La dimensión moral: el riesgo más profundo

El otro eje crítico es la aparición de la corrupción como problema relevante. Esto es particularmente sensible porque Milei construyó su identidad sobre una superioridad moral frente a la “casta” y ese atributo empezó a erosionarse con los casos Libra, Adornis, Spert, etc.

Cuando un gobierno antisistema pierde su diferencial ético deja de ser “distinto” y pasa a ser evaluado como cualquier otro. Este es probablemente el riesgo más estructural, porque no afecta solo la gestión, sino la identidad política del proyecto.

Nueva etapa política: fin del crédito, inicio del juicio

Todo esto configura un cambio de etapa. Se termina la fase de crédito social y comienza la fase de evaluación política plena. El propio pasado del gobierno comienza a competir con los “otros pasados” que antes lo justificaban y le daban sentido. Es decir, el propio pasado también condena al gobierno.  

No obstante, el oficialismo aún conserva un núcleo competitivo, pero ya no ordena mayorías con la promesa y empieza a enfrentar un clima de desilusión incipiente. Y hay un dato clave del proceso: la desilusión, cuando se acumula, se vuelve organizadora del comportamiento político

Así, la política argentina entra en una fase donde el oficialismo deja de ser evaluado como promesa disruptiva y pasa a ser medido como gestión concreta. La ruptura de la cadena de legitimidades no implica necesariamente un colapso inmediato, pero sí marca un cambio profundo: el gobierno ya no se sostiene por lo que promete, sino por lo que logra demostrar en la vida cotidiana.

Y en ese terreno, hoy, es donde empieza a jugarse su verdadera estabilidad política.

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